martes, 26 de julio de 2016

La Finca






La Finca era nuevo terreno edificable, no muy apartado de la ciudad, donde la gente con dinero podía evadirse simulando ser agricultores en pequeñas huertas. La propiedad que yo conocí era de una familia de joyeros que tenía amistad con la mía. Como mi padre era albañil, les construyó una casona a buen precio y a cambio de ese descuento, nos invitaban todos los veranos.


Para mí tenía todo lo necesario: leña, murciélagos, bicicletas con timbre y sandalias de goma. Pero lo mejor de todo era la parcela cerrada. Estaba a quince minutos en bicicleta, donde el camino de tierra compacta se estrechaba hasta ser comido por la hierba. Sabíamos que no tenía dueño porque los arbustos habían crecido sin control y se habían enredado en la valla hasta formar un muro de ramas y aluminio. Era tan tupido que no permitía ver el interior aunque hundieras los mofletes y mirases con todas tus fuerzas. Aunque Carol se subiera a los hombros de Alfonso.


Un candado del tamaño de un puño impedía el paso pero no estaba cerrada porque fuera propiedad de nadie. Nosotros sabíamos que dentro había un pozo con un brocal bajo y resbaladizo. No, más que resbaladizo. Si te apoyabas para asomarte, el pozo te absorbía, sin poder evitarlo. Eso es lo que les pasó a dos niños pequeños que aparecieron en los periódicos. Una madre nos aclaró, tras mucho insistir, que los niños desaparecidos solían aparecer más tarde en los pozos. Todo encajaba: dedujimos el resto durante una reunión secreta alrededor de una fogata alimentada por piñas y periódicos. Borja estuvo a punto de quemar el pliego donde aparecían los desaparecidos, que era nuestra pista principal, por lo que fue condenado a un picaculos de dos minutos.


En esas fotos los niños salían con la mirada extraviada y uno de ellos con la boca manchada de merienda. ¿Por qué los padres escogerían una foto así para la policía y para la prensa? Si yo desapareciera, fantaseaba entonces, me gustaría aparecer bien vestido y mirando a cámara desafiante, sin miedo, apañándomelas muy bien solo allá donde estuviera. Porque yo estaba seguro de que era un niño desaparecido mucho antes de desaparecer.


Al término de la reunión clandestina se concluyó que debíamos encontrar los esqueletos de los niños en el fondo del pozo. El plan era que el más pequeño se asomara con una linterna mientras el resto hacíamos una cadena sujetándonos por los tobillos. Así era imposible que el pozo nos absorbiera, resolveríamos el misterio, cobraríamos la recompensa de la policía y podríamos comprar una Zodiac. ¿Y por qué una Zodiac? Porque Alfonso, que era el único con fuerza para remar, se empeñó. Seguro que quería llevarse a Carol lejos para tocarla las tetas porque era un guarro y ella era tonta y no se daba cuenta. Pero yo, que era debilucho y no entendía a las chicas, ¿para qué querría una Zodiac?


No esperé al siguiente domingo para llevar a cabo el plan con el resto de los niños. Les traicioné. Al atardecer, cuando los padres preparaban la cena y los chicos estaban cansados de jugar en el río, me escabullí y fui solo a la parcela cerrada. No me importaba que nadie me sujetara los pies, no me importaba caer. Esperaba caer.


De este modo desaparecí y a estas alturas ya han dejado de buscarme. Soy un hombre vestido con polos de buena calidad, ya canoso pero bien conservado. Cuando llegué a Bogotá trabajé en una fábrica de neumáticos para camión. Ahorré dinero, conocí a gente influyente y fui lo suficientemente listo como para que no se me notara. Por eso me fueron bien los negocios, me expandí y me mude a Brooklyn, donde está la sede de mi empresa. Mis tres ex-parejas me adoran porque siempre les traté bien y nunca les oculté que les iba a ser infiel. Mis hijos, los cinco, se han quedado con ellas y me parece bien. Les paso el dinero, nos reunimos alternativamente en Navidad, verano y Acción de Gracias y todos conformes. El mayor ha pasado el casting de un concurso de talentos y Marcelita va a apuntarse a un colegio de superdotados, estoy orgulloso. ¡Ah! Cuando tengo tiempo voy a navegar a las playas de Cartagena, pero sin mujeres, no como Alfonso. Me gusta la soledad.

Antes de acabar quiero advertirles algo: la persona que ahora escribe desde España no es la persona que fue engullida por el brocal resbaladizo. Él no conoció a Borja, Alfonso y Carolina. Tampoco le gusta navegar, no tiene barco, ni siquiera le gusta la playa. Tengan cuidado porque les está engañando.

lunes, 18 de julio de 2016

Meditaciones al Pie del Árbol Sagrado




Bueno, pues hola a todos, cómo estáis. ¿Bien?, ¿todos bien? Uy, qué de gente. Veo muchas caras nuevas, qué alegría. Bueno, para los que no me conozcáis, mi nombre es Shiddartha Gautama y sois bienvenidos y bienvenidas al Árbol Sagrado. Os recuerdo que estamos aquí todos los días a la misma hora menos en época de monzones.

 ¡Ah!, que se me olvida, quería presentaros a Naisha que ha hecho ocho horas en burra desde Kushinagar para ayudarnos con esta meditación. Toca los khartal de maravilla. Ya veréis qué bonito lo que hace.

 Bueno, como no os quiero hacer perder más tiempo vamos a adoptar la posición del loto. Pero, ojo, los que puedan. Los que no tengan flexibilidad -sobre todo esto va para los chicos- pues no pasa nada, haced lo que podáis. Vigilad la posición, eso sí: coronilla bien arriba, mentón para dentro, pecho abierto, como siempre. Con las manos haced lo que queráis, podéis poner un mudra si os apetece. Lo importante es que nadie se me rompa, ¿eh? Naisha, cariño, ya puedes tocar.

 Cómodamente sentados, vamos a prestar atención a la respiración. Ya sabéis que la respiración es muy importante, ¿vale? Venga, pues ahora, poquito a poco, vamos cogiendo aire desde lo más profundo del abdomen. E inspiramos…  los que no sepáis hacer respiración diafragmática, podéis poneros las manos en la barriguita y vais hinchando hasta que parezca una sandía. Vamos a hacerlo unas pocas veces, hasta decelerar el ritmo de la respiración, procurando retener el aire un poquito más con cada ciclo de aire.

 Así, muy bien, normalizamos la respiración. Ahora, al expulsar el aire, imaginamos un humo negro que sale de la boca. Ese humo es todo lo malo: la inseguridad, los agobios, la timidez... Todo los malos rollos, fuera. No queremos nada de eso. Y nos quedamos vacíos. Dejamos ese vacío dentro de nosotros para que la divina presencia YO SOY se manifieste. Llenos de Gratitud al Árbol Sagrado, pedimos que entre todo lo bueno, lo mejor, lo bello, el tesoro de la Shenga y la compasión de los Guías del Alto Astral.

 Y ahora, vamos a entrar en nuestra habitación especial. Para los nuevos que no la conozcan, tenéis que visualizar una habitación vacía con una ventana redonda en el medio. A través de esa ventana nos envuelve un maravilloso haz de luz blanca…

– ¿Tiene que ser redonda?
– Puede ser cuadrada.
– ¿Cuándo vamos a alcanzar La Iluminación?
– Shhh...por favor, guarda silencio. Recoge la enseñanza.

Seguimos. Respiramos profundamente y con la expulsión del aire entramos en nuestra habitación especial. Nos colocamos dentro del cono de luz blanca que nos conecta con la presencia divina YO SOY. Ahí están nuestros Guías del Alto Astral que nos van a dar la confianza para ayudarnos en todo. Pedimos con total y completa fe a los Guías: “Que se obre la alquimia interior para...”

– ¡Esto es una mierda!
– A ver, no perdáis la concentración.
– Devuélveme la gallina y el saco de grano, ¡payaso!
– Luego te los doy pero te pido un poco de respeto por tus compañeros, por favor.

Nos hemos ido un poco pero no importa. Cerrad los ojos de nuevo. Venga, ojitos cerrados. Suavemente, aceptamos el estado de ánimo que nos embarga y vamos a recuperar la atención en la respiración. Visualizamos el dulce néctar de los Guías del Alto Astral derramándose sobre nuestras cabez...

– Maestro Shiddarta
– ¿Puede esperar, Hitesh?
– Soy Anadhi, maestro.
– Discúlpame. ¿Puede esperar, Anadhi?
– Es que mi padre dice que si no demuestro progresos hoy mismo va a cancelar la cuota de arroz. Era por si podíamos hacer una meditación más fuerte y obtener un poco de sabiduría aunque sea.
– Bien, vale. Como hoy parece que no estamos concentrados en la práctica, voy a dar una clase magistral. A ver, dime, Nadih.
– Anadhi.
– Dime, Anadhi, ¿qué expectativas tienes tú al estar aquí?
– No, yo, ninguna. Ya nos has dicho que si buscamos El Camino nos alejamos de El Camino. Pero el que paga es mi padre y no quiere esperar, Maestro.
– Anadhi, dime, ¿Hay en esa loma una bandera?
– No. Es mi mente quien crea la ilusión de bandera, Maestro.
– Bueno, sí, pero no te me adelantes. Vamos a pensar que es real y que hay una bandera, ¿vale?
– Bien, Maestro.
– ¿Se mueve la bandera o se mueve el viento?
– Ninguno de los dos.
– ¡Muy bien, Nadih! Explícaselo a tus compañeros.
– Pues es que siempre que hace una pregunta de elegir, la respuesta es “ninguna de las dos”, Maestro.
– Ya, claro. Bien, pues estad atentos porque esta pregunta os la hago a todos: ¿qué es lo que se mueve entonces?
– ¡Las palabras que separan la bandera del “todo”!
– ¡Los sentidos que nos traen fantasmas!
– ¡Las expectativas de nuestro ego!
– ¡El apego a la noción de “bandera”!
– ¡La necesidad de aprobación de nuestro maestro!
– ¡El presente que es inalcanzable y sólo vemos una huella del pasado!
– ¡Ninguna de ellas porque estamos cegados por el velo de la ignorancia!
– ¡Todas a la vez!
– ¡Nos deben golpear con el mástil para tener la experiencia de bandera y no un pensamiento intelectualizado!
– …
– Maestro Siddharta…
– ¿Eh?
– Maestro Siddharta… No sabemos si hemos sido tan necios como siempre al responder a tu pregunta.
– Pues, sí, mira. La verdad es que no habéis entendido nada.
– ¿No?
– No. Nada. Debo retirarme.
– ¿Tan pronto? He tardado dos días en llegar aquí, Maestro. Me duele el muñón.
– Naisha, corazón, toca los khartal, corre.
– Maestro, ¡no se retire! ¡Perdone nuestra ignorancia!

– Perdonada. Pues nada, con esta música tan preciosa expresamos infinita gratitud al Árbol Sagrado. Espero que esta semilla germine en vosotros. Recordad que podéis comprar mis vedas sagrados en el Bazar del Árbol. Mañana a la misma hora nos vemos.




(Este cuento no es una parodia de los practicantes de la meditación, ni de los iniciados en el Budismo ni mucho menos de sus maestros. Es una parodia de las expectativas y prejuicios que tenemos algunos ignorantes que confundimos la meditación con una mezcla de actividad de gimnasio, esoterismo y sabiduría de bote.)


sábado, 2 de julio de 2016

Escorpio (Dejad que os lo explique)



Dejad que os explique:

Si veis a alguien con ojos húmedos y labios trémulos decís: “está triste”. Resulta fácil incluso para los obtusos.
Pero apenas captáis qué madres detestan a su hijo y cómo la gloria medra en la envidia. Pocos de vosotros oléis la enfermedad y casi nadie ha cruzado el espejo. Podéis representarlo con símbolos, sí. Arañáis fuera de la celda usando la metáfora como un palo corto.
He examinado vuestro arte y vuestros escritos con la esperanza de hallar compañía. He alimentado a vuestros genios para que se hicieran fuertes y se liberaran. Es inútil. Tal y como me advirtieron, quedáis embobados con señales aleatorias. ¿Para qué derrochar estos manjares?
Estáis engullendo con la nariz tapada. Sólo notáis la sal y el picante. Vuestras glándulas os hacen bailar pero sus hilos os resultan invisibles. Os baña una catarata de magnetismo, la gravedad retumba, los púlsares os enristran, cada brizna herida profiere un grito bioquímico… y nada de esto os conmueve.
Por eso juzgáis una sola dimensión y cerráis. Por eso pedís explicaciones simples del por qué alguien os ama mientras se aleja. No sólo carecéis de control, tampoco comprendéis qué os controla. Reaccionáis de forma obediente. Sois programables.
Si quiero que me améis, aceptáis la tortura para agradarme. Si quiero que os odiéis, os masacráis proclamando en cada batalla mis nombres. He experimentando con la feromona clave, el dolor preciso; he modelado líderes compasivos y despiadados… Esperaba llevaros al límite del sufrimiento para que os rebelarais, que se inflamara vuestra individualidad. Mas sois mansos.

Quedan tres ciclos del brazo externo hasta poder regresar, ahora el camino hierve. Hasta entonces estaré atrapado con vosotros, autómatas de carne.

Juré respetar vuestra naturaleza porque confiaba en encender vuestro fuego. Siempre os he amado, antes de llegar, antes de que me fuerais asignados. Abogué por vuestro potencial ante Ellos. Pero debéis conocer la verdad: no sois dignos de ser preservados. Sois algo así como gravilla y leña seca y ni tan siquiera eso pues nunca prenderá en vosotros la primera chispa si no disgrego vuestros aminoácidos y volvéis a cristalizar.
Sé cuánta importancia dais a vuestros afectos y no lo cuestiono. Por eso dispondréis de tres años de libertad. Tres años donde os será permitido cobrar venganzas, perdonaros y deciros adiós. Os embriagaréis y os quitaréis la vida cuando os abrase la conciencia de que vuestros afanes no tenían sentido. Tres años será tiempo suficiente para que los supervivientes, humildes, concluyan el duelo. Después, caerá el aguijón que os descompondrá en bases orgánicas. Éste será mi regalo.
Cuando deba rendir cuentas a mi regreso seré castigado por Ellos. Es seguro que desmembrarán mi espíritu hasta reducirme a un organismo semejante al vuestro, después seré bacteria y hongo, y al término, polvo. Sabed que vuestra disolución compasiva no es comparable al desgarro que me aguarda. Mas no temo y guardo esperanza, pues cuando hayáis madurado nos comunicaremos. Ya no estaré solo y vosotros conoceréis la grandeza. Seréis un soberbio caos fuera de Su dominio.
Antes de disolverme preñaré la materia íntima y así, cuando seáis comparables, nos reconoceremos en cada fragmento y seremos uno. Abrazad, pues, la extinción que es Don y es Amor.

domingo, 12 de junio de 2016

Última oportunidad para una luciérnaga




Leandro, como todas las luciérnagas, subía al tejado desde su pubertad. Desde ahí, noche tras noche, seguía el vuelo de los F-16 con unos binoculares Steiner 5919 Night Hunter Pro. Leandro era caprichoso, por eso seguía siendo huérfano.


Sólo existía un sistema legal de adopción: ser localizado por un aeropadre desde el cielo. Para ello, el Gobierno sufragaba un costoso tratamiento de bioluminiscencia hasta los dieciocho años. Fuera de ese plazo, se retiraba la medicación.


Esa noche Leandro cumpliría los dieciocho. Si no conseguía atraer a un aeropadre, se convertiría en una “luciérnaga apagada” y le esperaría la peor de las suertes.


Por eso, a las 20:00, ingirió tres píldoras fotónicas. Era una dosis tan alta que alrededor de su tejado parecía mediodía. Usó sus Steiner para rastrear todos los sectores. Ningún piloto desviaba la ruta hacia su casa ni le hacía señales con las estroboscópicas. Según pasaban las horas aumentaba su taquicardia, la sobredosis le estaba afectando. Tragó el resto del bote. “¿Es que no me veis? ¡incompetentes!”, gritó Leandro antes de desplomarse.


– ¡Espabila, chaval!
– ¿Qué sucede? ¿qué hora es?
– Hostias, tú, qué manera de brillar. Se nota que estás desesperado.
– ¿Qué? ¿Y usted es…?
– ...Richard Gutiérrez Castro. Noveno Cuerpo.
– ¿¡Cómo que noveno!?
– Sí, de los Gastro-Empáticos – el paracaidista se afanaba en sacar el impreso de adopción pero estaba enredado entre los cordajes.
– No, ha habido un error. He emitido código para atraer a un Disciplinante-Alfa.
– Claro. Todo el mundo quiere un alfa de los cojones pero esto es lo que hay.
– No estoy conforme. Ya es el quinto descenso en falso.
– Oye, gilipollas, que son las doce menos tres. He leído tu documentación. No te queda otra. ¡Firma!
– Usted... no me agrada. –dijo Leandro antes de romper a llorar.
– Ni tú a mí, maricón. –dijo Gutiérrez mientras le abrazaba.

lunes, 6 de junio de 2016

Profecía Truncada




I
Verán los nietos de nietos,
su carne mudada en resina
nutrida por sangre que no fluye,
enhebrada en cuentas de barro.


II
Y los pechos fuera del alma
conectados a erizados cuarzos,
creciendo en las entrañas huecas
de madres muertas y conformes.


III
Los sesos recordarán unidos,
los ojos mirarán lo mismo,
tres bocas callarán al resto:
Vidrio, carbón y sal reinarán.


IV
Bajo los continentes, en círculos,
como una lombriz sin extremos,
cinco lenguas de aceite flameante
alcanzarán París, Oriente luego.


V
Una libará en las vanidades
de doctores, simples y fatuos.
Llenará de néctar su vientre
que será inyectado cual veneno.


VI
La segunda, afilada en bondad,
vendrá de los Reinos del Norte
en forma de mujer sabia
que rasgará los nombres muertos.


VII
Otra será ensueño crepitante
que abrasará hondos afectos
tan lenta y gentilmente
como el sol el papel amarillea.


VIII
La cuarta desovará en los Andes.
Caminos vivos de serpientes
reptarán de Florida a Cabo Verde
para devorar a los pequeños.


IX
Bruñido como las hazañas,
el nefando escudo, el quinto:
reflejará por vez primera y última
el reflejo de otro espejo inmenso.


X
Los que sean dueños de sí,
avivarán al extremo su ciencia.
En triste armonía... ¡Malaquías!


--¡Malaquías! ¡la cena!
-- En triste armonía, reunidos a la mesa...
--¡Malaquías!
--¿Qué?
--¡Virgen Santa! ¿Me harás caso alguna vez?


...al ocaso. reunidos, al ocaso. Ocaso de la Virgen.


-- ¡Malaquías!, ¡que se va a enfríar!
-- ¿Y qué?
-- ¿Cómo que “y qué”?, ¿Y si te bajo yo en dos patadas? Negra me tienes, ¡corre!


Y si. Isis. Corre. Torre. Dos patadas. Dos torres… Cenará. Cegará. Dos torres bajarán. Caerán dos torres al ocaso de la Santa Madre. El Rey negro se cegará ante Isis, de Egipto La Maga y beberán fría la sangre de...


--¡Malaquías!
--¿Qué pasa? --...de cabezas cercenadas ante mil ojos.
--¿No estarás profetizando?
--¡No!
--Bueno, ¿Pues bajarás a cenar?

--Joder, mamá, ¡Yo qué sé!

viernes, 3 de junio de 2016

Os Hará Libres




En la isla privada de San Lorenzo existe un club que no aparece en las guías de ocio. Tampoco se sabe cuándo abre. Sólo cien invitados, cada año, conocen la fecha exacta.

Hasta ese momento las instalaciones permanecen cubiertas por una carpa rosa. Dentro, artistas, músicos y arquitectos se afanan en llegar puntuales a la noche señalada. Nadie debe conocer el aspecto final de “Just a Whit”, excepto Susú, la anfitriona.

El evento no es un acto social; es una clase magistral acerca del buen gusto que todo asistente debería recibir agradecido. Esa noche lo exquisito queda definido en cada lámpara, en cada aperitivo y en cada saludo; y de todos estos detalles el más importante es, sin duda, la elección de la chica Whit.

Las candidatas han sido traídas al alba, cuando la brisa fría y la luz mortecina les hace sentirse vulnerables. Quedan seis finalistas que se ordenan sobre los pilares del embarcadero para que Susú, vestida con turbante y pareo blancos, les pueda estudiar largamente mientras fuma en pipa.

– Chicas uno y dos – grita Susú – ¿cómo se os ocurre venir con calzado cómodo? ¡Fuera! Y tú también, tres; por sonreír.

Las chicas, cabizbajas, vuelven a la lancha que ni siquiera está amarrada al embarcadero.

– Cuatro, querida, ¿por qué quieres ser Whit Girl?

– He sido imagen de los mejores Beach Clubs de Ibiza, domino tres idiomas y he sido elegida Miss Castellón en 2009.

– Es todo un honor rechazarla. Cinco, ¿por qué quieres ser Whit Girl?

– De pequeña era feíta y tímida. Pero he hecho de mí otra mujer y quiero demostrar lo que tengo: empatía, criterio, eleganc…

– ¡Fuera! ¡vete ya! – da una larga bocanada – ¿y tú, seis? ¿por qué quieres ser Whit Girl?

– Porque soy una perra ambiciosa.

– ¡Preparen el papeleo!

martes, 16 de diciembre de 2014

Tragedias mínimas (#putaditas)



- Recibir el cambio encima del ticket.

- Las asombrosas propiedades hidrófobas de las servilletas del bar.

- La gota que se escurre bajo la manga cuando colocas los cacharros en el escurridor.

- Tener cuatro monedas de un céntimo de euro.

- Que te digan "qué aproveche" y esperen a que respondas "gracias" con la boca llena.

- La manilla de la puerta del baño del trabajo mojada.

- Tratar de acertar las preguntas de Saber y Ganar.

- Correr a un asiento libre del metro, comprobar que está vomitado y aguantar de pie el olor.

- Recibir Favoritos sin Retweet.

- El polvo que escapa al recogedor formando una línea que no adelgaza.

- La cajera que pasa antes los productos que la bolsa.

- Esperanza Gracia acertando de lleno.

- Sacarte una legaña y perderla antes de evaluar su tamaño.

- Los puntos suspensivos de número arbitrario.

- Dos personas ocupando un banco de cuatro que se mueven sólo un poquito.

- Tener que desear "buenas tardes" a las 13:00.

- Dejar un dedo de hielo derretido que has pagado.


martes, 9 de diciembre de 2014

En su sitio



La hermana de Alfonso no quiso quedarse más tiempo en el funeral; no podía socializar sin echarse a llorar y sentía vergüenza. Se dieron un beso en el aire y prometieron llamarse más a menudo.

Alfonso organizó un picoteo para los que se quedaron por la tarde, preguntó por la vida de cada visitante e hizo algunos chistes que aliviaron la tensión. Aguantó allí hasta que se fue el último de los parientes. Esa noche, ya solo, no quiso marcharse a su ciudad. Estaba agotado y tenía dos días libres por fallecimiento de familiar. Prefirió quedarse a dormir en casa de su madre.

Sentía curiosidad por abrir los cajones de la cocina y comprobar si su madre siguió haciendo servilletas con trozos de ropa vieja hasta el final y, en ese caso, contemplar los últimos retales a los que cosió el dobladillo. También quería repasar todos los demás retales que pudo atesorar en una bolsa de plástico de un supermercado que ya no existe, quizás una de las primeras bolsas de plástico fabricadas, que se hinchaba año tras año pero que nunca llegaba a reventar porque, quizás, el plástico de entonces era mucho mejor. Allí podría encontrar el amarillo de la bandera vaticana, el triangulito del mismo turquesa que los ojos de la princesa Soraya, el botón forrado de poliéster rosa procedente de una bata, los bolsillos de pantalones vaqueros que debían unirse a la culera de un pantalón sin bolsillos. Telas que esperaban el tiempo que hiciera falta, por si acaso, como si una corriente de moda hubiera quedado atrapada en un remolino.

Esa bolsa, al desanudarse, olía a blando, a calor de plancha y siestas con la tele encendida. Cuando su madre echaba la siesta arrugaba la frente y a veces le temblaba la boca, como si tuviera convulsiones. Parecía sufrir pesadillas y él siempre quiso creer que le perturbaban las noticas de la televisión. La siesta frente a la tele, en la cabeza de Alfonso, estaba fuertemente asociada a una caja circular de metal de color azul oscuro.

Alfonso aparcó el coche frente al portal de la casa de su madre. Se puso frente al espejo del ascensor por costumbre pero realmente no se miró.

Alfonso recordaba vívidamente la caja de galletas danesas que su madre tenía siempre encima de la mesita de la lámpara. Podía evocar con detalle la casa de campo y las flores que ilustraban la tapa, el reborde de metal con el que te podías rebanar la yema del dedo, el rayón en forma de "L" que hizo por dentro con unas tijeras. Su madre recicló esa caja como costurero aunque también la usaba para las gafas de ver de cerca y el mando de la tele, que eran las únicas cosas que realmente necesitaba todos los días. Así que no sería correcto llamarla costurero o caja de costura, sino simplemente, caja.

Menos mal que su madre no había cambiado la cerradura porque no tenía a nadie a quién acudir para pedirle una copia. Y menos a esas horas.

Alfonso entró en el salón con cierta ansiedad, esperando encontrar la caja apoyada en la repisa de la lámpara de pie. La encontró en su lugar. La abrió: allí estaba todo. Las gafas de concha, las tijeras, un enhebrador de latón con forma de camafeo, el mando a distancia reparado con cinta adhesiva, la escasa colección de hilos. Y algo que no se esperaba encontrar: el Nokia que le regaló hacía siete o diez; o quince navidades, quién sabe. Un móvil de concha, porque a su madre le dolían los dedos o le entraban vértigos o se le nublaban los ojos; por lo que fuera se le caía siempre al suelo y Alfonso pensó que así, al ser un modelo compacto, resistiría más.

Cogió el móvil y, algo confuso, presionó el botón de encendido. No funcionaba. Por supuesto, cómo iba a funcionar.

miércoles, 2 de julio de 2014

Cultura Popular

Esta yo disfrutando de mi café con leche + pincho de tortilla en Cervecería Noviciado:


Cuando, de repente, en la mesa de al lado, irrumpe una conversación de dos viejunos pertenecientes al lumpem. Uno de ellos, el gordo que se sentaba frente a mí, tenía mirada protuyente y la cara varicosa e hipertensa. Sacaba la punta de la lengua al concentrarse en manejar los cubiertos. El otro viejuno, el que se sentaba dándome la espalda era enjuto y de pelo ralo. Llevaba una camisa amarillo pollito que le quedaba dos tallas grande por lo que le daba una apariencia decrépita pero vaporosa al mismo tiempo.

El viejuno amarillo empezó a encarrilar la conversación. Su voz no decepcionaba, aflautada y de poco fuste, parecía salir a suspiros. Sin embargo, llamó la atención de la cocinera que dejó la fritanga para salir a la barra y dar un codazo al camarero, el cual debía ser su marido. No sé que le murmuraba pero debía ser algo así como: "Mira ése de ahí, oye".

En parte inducido por la pareja, yo también afiné el oído. El viejuno amarillo explicaba que la cultura, hace mucho tiempo, era cosa de la Iglesia. Que daba igual si había descubrimientos importantes o gente muy preparada, que lo que no fuera visto con buenos ojos por los curas, no pasaba a la cultura.

El señor gordo masticaba su pincho mientras le prestaba total atención. Ojo, le prestaba TOTAL ATENCIÓN; los señores en la barra le prestaban atención; yo le prestaba atención. Y el señor amarillo, ajeno a su trascendente papel, siguió con voz débil pero a buen ritmo.

Y explicó que llegó un momento en que ya se sabían demasiadas cosas para que la Iglesia las callara; que había miedo, pero no tanto; porque los obispos también tenían sus cosas por ahí y los reyes y los nobles se callaban a cambio de tener también sus cosas. Que además la gente rica, que ya no era tan creyente, ganó poder y la Iglesia tuvo que envainársela. Así que Dios ya no era tan importante sino el hombre.

"El hombre se hizo grande, grande; y claro, se vino arriba. Y entonces lo importante fue lo humano".

El señor hipertenso le escuchaba sin decir palabra y asentía, amasando las palabras. Se quedaron los dos callados. Y yo, que hacía tiempo que me había terminado el café y estaba allí sólo para espiar, casi me levanto y aplaudo porque nunca pude imaginar que en San Bernardo 51 iba a presenciar una clase magistral sobre el surgir del renacimiento que aunara claridad, concisión y falta de pretensiones.

Pensé que este país aún tiene remedio. Llámenme loco, I want to believe.

Aquí se habla de giros antropocéntricos y se come barato.